VESTIGIOS


Extraviado en mi camino de vuelta por los llanos vacíos de forma y contenido, me vi sorprendido por calles desconocidas y solitarias de un lugar que no debería estar donde estaba. Arquitecturas olvidadas delineadas por los últimos hálitos de luz del día; arquitecturas que encontraron su propia luz cuando la noche las abrazó.

Una música desfilaba entre los edificios, anticipando el paso de un desfile de cualidades menos etéreas; caminantes de dimensiones extravagantes, pintados de colores de pesadilla que brillaban más intensos bajo el rielar de la luna. Un carnaval de enmascarados siniestramente majestuoso, cuyas intenciones se mostraban esquivas y contradictorias a mis ojos, una broma privada (o puede que otra cosa) sin indicativo de cómo interpretarse.

Era el único espectador de aquello hasta donde podía entender, pues nadie aparte de mí parecía no pertenecer a la comitiva... ¿Para quién era la procesión entonces? ¿Para la noche misma? ¿Para las propias calles quizá?

Toda aquella pompa y circustancia precedía al eje central de la cabalgata; un barroco paso llevado por cuatro costaleros acordes a la estética general. Sobre el paso un altar cuya parte superior no alcanzaba a ver. 

—Los altares de cerca siempre son menos altos —dijo una voz que no pude colocar en ningunos labios, pues nadie mostraba su rostro y la multitud que seguía llegando ya me había rodeado haciéndome abandonar mi papel de espectador. Sin pretenderlo me vi arrastrado por las corrientes de gente que me aceptaron en sus filas sin rechiste.

Y a medida que desfilaba con ellos sentí que mi cuerpo abandonaba su forma, lo que me hizo dudar de si eso que veía eran máscaras o disfraces...

Pero ya dejé de preguntarme nada al respecto, sabiendo que estas palabras que pasean por mi mente reconstruyendo los hechos son sólo una herramienta vestigial de algo que ya no soy, y que no tendrán mucho sentido ni importancia allí donde voy, sea donde sea.

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