SÁSEK VIAJA EN TREN

I.

A aquellas horas de la noche era imposible ubicar la posición del vagón desde su interior, a parte de los haces de farolas que atravesaban fugazmente el interior como si se asegurasen de que cada uno de los pasajeros seguía en su sitio, todo era oscuridad rodeando una caja llena de cuerpos apretados en trajes análogos.

A una incómoda distancia de Sásek, un hombre de una edad y complexión no muy diferente a la suya —en realidad todos se parecían en aquel vagón, aunque nadie parecía darse cuenta de ello—, paseaba la mirada con insistencia por la superficie de una página arrancada de algún periódico; página repleta de diminutas palabras, sin ningún tipo de separación ni estructura. Pese a la vehemencia que demostraba intentando aferrarse a alguna línea, se le notaba incapaz de desentramar las ideas que pudiera encerrar aquel desfile de pequeños garabatos impresos.

—¿Me la puede prestar cuando acabe? —preguntó Sásek buscando distracción ante la ignota duración del viaje.

—Toda suya, quizá usted tenga mejor suerte —ofreció el hombre.

Fue en ese momento en el que el tren se detuvo.

El hombre bajó ágil del vagón a la menor oportunidad, no dando mayor importancia a la página, que quedó en posesión de Sásek.


II. 

Sólo un hombre esperaba en la estación; su estoica figura parecía una roca que soportaba las corrientes de gente que se vertían desde los vagones hacia la salida del andén. Todo el mundo parecía tener prisa.

El honor de esta espera recaía en Sásek; le esperaba un viejo compañero aunque no un hombre viejo, el señor Kyrsa.

Sásek fue el último en salir, sin prisa, como una de esas gotas que quedan rezagadas tras un chaparrón, maletín en ristre.

—Has llegado en un momento en que se han llevado cualquier atisbo de brisa de la ciudad, ahora es nuestro principal producto de exportación —comentó el señor Kyrsa —quizá la noche te resulte un poco bochornosa, pero creo que te harás a ello.


III.

Sásek tenía una sensación extraña de camino al centro por las desiertas y calurosas calles; no hacía tanto de su última visita a la ciudad y era una ciudad con la que estaba familiarizado, un tercio de su existencia bien lo avalaba, sin embargo sentía que era un lugar que había sido reestructurado al completo. No en lo referido a las fachadas o comercios —por lo menos, no exclusivamente—, si no a que los trazados de las calles parecían diferentes, como si sus planos se hubiesen vuelto a dibujar desde cero. Conservaba, no obstante, la impresión de saber llegar al destino que se propusiese aunque no conociera el camino exacto.

De imprevisto el señor Kyrsa se acercó a un callejón con cierta excitación —¡Ven, mira!

Sásek le siguió y forzando la vista en la negrura del callejón pudo distinguir el ligero brillo de algo que se movía por espasmos en la oscuridad, húmedo y rojo, acompañado por un gemido —o gruñido, según la vez— rítmico. La poca luz con la que la indistinguible figura se dejaba bañar, creaba pequeñas galaxias encarnadas que se paseaban y perdían en sus ramificaciones a cada sacudida. «Por la altura y el tamaño» pensó Sásek «quizá sean perros peleando con heridas abiertas... o apareándose de manera extraña y agresiva».

Sin duda era una imagen violenta, pero parecía divertir de manera sincera y cándida al señor Kyrsa.

El señor Kyrsa tomó una lata del suelo y la lanzó contra lo que hubiera en el callejón, el impacto hizo que la maraña se separease en dos figuras que desaparecieron en la oscuridad al ritmo de su risa. Hubo algo en la manera en que se vio aquello que hizo que Sásek determinase que, fuese lo que fuese lo que había tenido delante, no podía ser nada semejante a un perro. Ni a dos.


IV.

Ya divisaban el portal número 14 desde su posición.

—¿Tienes los formularios preparados? —Pregunto el señor Kyrsa.

—En el maletín está todo.

—Bien, yo me haré cargo de ello ahora —estipuló el señor Kyrsa alargando los brazos hacia el maletín en un gesto espontáneamente ansioso. Una vez que lo tuvo se adelantó corriendo hasta entrar en el portal.

Sásek no aceleró el paso pero tampoco se detuvo.

Distraído como estaba, mirando la enrevesada estructura que formaban las numerosas cuerdas que atravesaban la calle de lado a lado para colgar la ropa, se sintió un momento como un insecto atrapado en una tela de araña. El sonido de numerosas piezas metálicas golpeando la calzada le arrebató de ese pensamiento. Sásek miró a sus pies; sin darse cuenta había chutado un roído sombrero lleno de monedas.

A su espalda surgió un hombre tan roído como el sombrero —¡Mis monedas!

El vagabundo agarró con violencia la nuca a Sásek en el momento en el que éste intentaba agacharse para recoger el desastre avergonzado. Mientras Sásek estaba siendo arrojado de espaldas pudo distinguir durante un breve instante la figura del señor Kyrsa saliendo del portal.

El señor Kyrsa corrió hacia Sásek y el vagabundo, pero la esperanza que Sásek podía tener de que éste fuese en su rescate se esfumó cuando, en medio de la carrera, el señor Kyrsa gritase «¡Sus monedas!».

Impulsado por la distancia el señor Kyrsa fue el que dio el primer puntapié a Sásek. Le siguieron muchos otros, puñetazos también. Golpes a cuatro manos. Golpes a cuatro pies.


V.

El cuerpo de Sásek permanecía sin vida en el cálido cemento mientras el señor Kyrsa y el vagabundo recogían las numerosas monedas.

Una vez que no fueron capaces de encontrar más, se colocaron el uno frente al otro y observando que la cantidad recogida por cada uno parecía equitativa, cada cual se guardó su parte, se dieron la mano con cortesía y tomaron caminos opuestos.


VI.

Dos guardias se encargaron de mover el cuerpo de Sásek fuera de las calles hasta la morgue. No hizo falta ningún vehículo; atravesaron sus hombros con garfios y lo arrastraron como ganado durante una noche que no daba indicios de acabar. Parecía un espectáculo habitual dado lo poco sorprendidos que se mostraban los vecinos que se asomaban a curiosear en ventanas y balcones durante el transporte.

Sobre la mesa de operaciones el cuerpo de Sásek fue desnudado, abierto, vaciado de jugos y órganos y vuelto a coser. Después vuelto a vestir, levantado de la mesa y siendo acompañado por los guardias —que estuvieron presentes durante todo el proceso— llevado hasta la estación de tren, a donde llegó por su propio pie, como si su reciente expiración nunca hubiese ocurrido.

Antes de dejarle subir al vagón, los guardias entregaron a Sásek sus escasas pertenencias, resumidas en su maletín —ahora más ligero— y la página de periódico.


VII.

Con el tren en marcha la noche volvía a no dar pistas sobre la posición de vagón; oscuridad rodeando una caja llena de cuerpos apretados en trajes análogos.

Sin pretenderlo, durante las horas de viaje que no parecían acabar, Sásek comenzó a perder la vista en la página de periódico; primero la miraba pero sin verla, como hipnotizado por aquella masa de texto. Poco a poco siendo más consciente de ella, luego intentando atrapar alguna de las diminutas líneas para tener un luegar por donde empezar, pero siendo, por algún motivo, absolutamente incapaz.

Una voz surgió a su espalda «¿Me la puede prestar cuando acabe?»

—Toda suya, quizá tenga usted mejor suerte —Respondió Sásek y al instante de entregar la página perdió cualquier interés que hubiera podido tener en ella.

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